sábado, 2 de julio de 2022

Debuta panameño Yoel Bárcenas con Mazatlán F.C.

Su nuevo equipo cayo 2-4 ante Puebla, en el arranque del Torneo Apertura 2022 de la máxima categoría del fútbol mexicano.
El ánimo y el empeño mostrado por el internacional panameño Yoel Bárcenas en los 30 minutos que estuvo dentro de la cancha, fueron insuficientes para evitar la derrota del equipo Mazatlán ante el cuadro de Puebla, con marcador final de 2-4.

Así fue el debut de este nuevo volante del conjunto sinaloense, en la Primera División de la Liga MX.

Su ingreso al terreno de juego del Estadio de Fútbol Mazatlán, también llamado "El Kraken", se produjo al minuto 62 de cambio por el venezolano Eduard Bello, permitió darle mayor profundidad al conjunto local, con más llegadas de peligro a la portería rival, como lo fue su asistencia para el segundo gol de su equipo, a cargo de otro debutante, Gabriel López.
AIZ

domingo, 19 de diciembre de 2021

Invasión a Panamá, una herida difícil de cerrar

  • Comisión oficial busca “conocer la verdad” del ataque estadounidense de 1989

Por Julio Olvera

Este 20 de diciembre se cumplen 32 años de la invasión militar de Estados Unidos a Panamá, sin que se sepa todavía el número preciso de víctimas fatales, una situación que hace difícil borrar las imágenes y el olor a muerte.

La controversia persiste. Estados Unidos señala 202 civiles y 314 militares muertos, aunque asociaciones como Americas Watch, Comité Panameño y Physicians for Human Rights, así como instituciones como la Iglesia Católica dicen que la cifra es mayor.

El 16 de diciembre de 2019, la plataforma periodística Panamá Files publicó más de 600 documentos desclasificados de Estados Unidos, como resultado de una alianza entre el colectivo de periodistas Concolón, la Comisión 20 de Diciembre de 1989 y el Centro de Derechos Humanos de la Universidad de Washington.

Entre esos documentos, señala Panamá Files, hay memorandos sobre las cifras de panameños muertos en el ataque. “Tras contar los cuerpos que ellos mismos enterraron en fosas y agregar las cifras proporcionadas por el Instituto de Medicina Legal, llegaron a la (cifra) que mantuvieron para siempre: 202 civiles (y) 314 militares” muertos por la invasión”, indica la plataforma.

La magnitud del bombardeo inicial fue tal que el Sismógrafo de la Universidad de Panamá registró 417 impactos en las 14 horas siguientes a la detonación de la primera bomba, minutos antes de la medianoche del 20 de diciembre de 1989; hubo un impacto cada dos minutos, según consignó el Centro de Estudios Estratégicos (CEE) de Panamá.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en su "INFORME No. 121/18
CASO 10.573" sobre la invasión, refirió que el mayor número de enfrentamientos armados entre las Fuerzas de Defensas panameñas y el ejército de Estados Unidos tuvieron lugar en los primeros cinco días de la ocupación.

Aunque el objetivo de los bombardeos era la destrucción de instalaciones militares y policiales, en el caso de la capital panameña, zonas civiles aledañas, altamente pobladas, fueron alcanzadas por los bombardeos.

Así ocurrió en el caso del barrio El Chorrillo, que resultó con el mayor impacto y daños, toda vez que varios edificios habitacionales y viviendas construidas con madera rodeaban el cuartel central de las fuerzas norieguistas, cercano a la zona céntrica de la ciudad. Un ataque similar se produjo en un área urbana de Colón, una ciudad a la entrada atlántica del Canal.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos recapituló de la siguiente manera: “las fuerzas armadas estadounidenses hicieron uso de armas, tanquetas, helicópteros y aviones; así como el despliegue de soldados paracaidistas y el uso de armas explosivas”.

El ataque –puntualizó– generó miedo generalizado en la población civil al sorprender a gran número en sus hogares y en su mayoría, los civiles tomaron refugio dentro de sus hogares o salieron en búsqueda de mayor protección a las vías públicas donde se estaban llevando a cabo los enfrentamientos.

Muchos de los fallecidos a consecuencia de la invasión fueron trasladados por las fuerzas de ocupación a los hospitales, sobre todo de la Ciudad de Panamá y de Colón para ser inhumados luego en fosas comunes.

Ni las autoridades panameñas instaladas tras la invasión ni Washington realizaron esfuerzos suficientes en el establecimiento de listados definitivos sobre la cantidad de muertos y desaparecidos panameños, o sobre las circunstancias en las que murieron, como recogió la CIDH en su informe de 1991.

Sin embargo, un “listado preliminar” del Centro de Estudios Estratégicos, de fecha 26 de octubre de 1992, dio cuenta de los nombres de 331 panameños. El documento, el único que hasta entonces había sido divulgado públicamente, fue retomado por la oficial Comisión 20 de Diciembre Por la Verdad, la Memoria y la Justicia, creada por decreto hace cinco años.

Tras la invasión, y a pedido de la Iglesia Católica y de organizaciones de derechos humanos, se han realizado acciones de exhumación de cadáveres en el panteón Jardín de Paz de la capital panameña y en el cementerio de Monte Esperanza de la provincia de Colón.

El presidente de la Comisión 20 de Diciembre, Juan Planells, ha dicho que son 350 víctimas las que han sido identificadas, y consideró indispensable seguir localizando restos para lograr objetivos de justicia, sin los cuales –dijo– no se concibe un Estado de Derecho.

El decreto que creó esa Comisión señala la necesidad de contribuir al establecimiento de la verdad y en especial, el pleno conocimiento del número e identidad de las víctimas, así como de violaciones de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario. El plazo inicial para cumplir sus funciones era de dos años, pero la Comisión ha conseguido prórrogas de operación hasta la fecha.

En la Operación “Causa Justa”, como denominó la administración del entonces presidente George Bush, padre, a su acción bélica, participaron más de 26 mil soldados, que emplearon el armamento más poderoso de la época. Su objetivo era derrocar al general Manuel Antonio Noriega, acusado de la muerte de opositores, así como de trasiego de drogas.

El otrora “hombre fuerte” de Panamá se refugió el 24 de diciembre de 1989 en la embajada del Vaticano en Panamá. El 3 de enero de 1990 se entregó a las tropas invasoras. Fue conducido a Miami, Florida, donde fue juzgado, luego extraditado a Francia y, finalmente, repatriado a Panamá, donde falleció en mayo de 2017 en un penal.

A la fecha, la herida creada por la invasión lacera aún a la sociedad panameña.

Fin

sábado, 18 de diciembre de 2021

“Les vamos a partir el cu…”

 De la Egoteca. Historias para recordar

“Les vamos a partir el cu…”

Por Julio Olvera

De pie, un soldado afroamericano en arreos de combate apunta su fusil M-16 sobre nosotros. Éramos cuatro los periodistas que nos trasladábamos en el compacto automóvil blanco por una calle de la Zona del Canal, hasta que llegamos a un retén tendido por la fuerza invasora.

La vegetación abundante y la oscuridad de esa noche sin Luna era ideal para el camuflaje. Quedamos petrificados. Eloy detuvo la marcha del coche rentado, un Nissan Sunny.

A cinco metros de distancia, el joven soldado nos advirtió con tono agresivo y potente voz: “¡No vayan a la ciudad… les vamos a partir el culo!”, según la traducción del inglés que de manera simultánea hizo Eloy.

Se refería a que la invasión armada que Estados Unidos había iniciado la noche del 19 al 20 de diciembre de 1989, iba dirigida a poner fin al régimen del general Manuel Antonio Noriega, el comandante de las Fuerzas de Defensa.

Eloy Aguilar, un veterano periodista texano de origen mexicano de la agencia de noticias AP; los periodistas panameños Lisette Carrasco, de la agencia española EFE; y James Aparicio, de la agencia francesa AFP; y quien esto escribe, periodista mexicano, intentábamos retornar a nuestras respectivas oficinas después de confirmar ese día la intensa movilización de tropas del Comando Sur de Estados Unidos.

La invasión armada, de hecho, ya había comenzado. Minutos antes de la medianoche habíamos escuchado una fuerte detonación, producto de una bomba de advertencia lanzada por la artillería invasora sobre un desolado terreno cercano al cuartel general de las fuerzas norieguistas. También habíamos visto el cruce, sobre el Puente “Las Américas”, de un sinnúmero de vehículos militares ligeros así como el paso de un largo convoy que había salido de la base Clayton. Era casi un centenar de unidades blindadas de diferentes tipos y tamaños, encabezadas por pesados tanques M-1 Abrams, M-551 Sheridan o M-113.

A lo largo de la tarde del día 19 ya habíamos, incluso, constatado la llegada y salida de aviones Hércules en la base Howard. Muchas de las aeronaves provenían desde Estados Unidos. Gran cantidad de helicópteros en formación en campos de fútbol dentro de las bases Howard y Clayton, aguardaban la orden para entrar en acción.

En nuestro riesgoso recorrido de regreso a la ciudad, pudimos ver a militares panameños, pertrechados, erigiendo barricadas a marchas forzadas en los accesos a su cuartel principal, ubicado muy cerca del barrio El Chorrillo, que resultó prácticamente devastado por el continuo bombardeo que duró no menos de seis horas y cuyas detonaciones iluminaban el cielo, de forma intermitente, con un color amarillo-naranja.

Situaciones similares se vivieron en diferentes puntos del territorio panameño, aunque la fuerza invasora concentró sus defensas en las riberas del canal, desde donde salió la ofensiva principal.

Por tierra, mar y aire, los 26 mil soldados de la considerada mayor potencia militar convergieron sobre diversos sitios preseleccionados, especialmente instalaciones de las Fuerzas de Defensa en el aeropuerto de Punta Paitilla, el Cuartel de Tinajitas, del corregimiento de San Miguelito; Fuerte Cimarrón, sede del Batallón 2000, en Pacora; el Cuartel de Panamá Viejo; en el Cuartel de Los Pumas, en el Aeropuerto de Tocumen; las bases de Río Hato y Naval de Coco Solo, en Colón.

FIN/JOA


martes, 24 de diciembre de 2019

Nochebuena de 1989

Por Julio Olvera

Querido diario:

Era la primera vez (y única hasta la fecha) que me encontraba lejos de mi México Querido, sin mi familia, en una Nochebuena; y donde estaba imperaba un estado de guerra. De todas maneras celebré en esa ocasión. No lo hubiera hecho de no haber sido por mi vecina, doña Ligia, quien ese 24 de diciembre de 1989 me invitó a cenar.

La señora Ligia tocó a la puerta del departamento que ella me rentaba en su casa de la zona El Cangrejo. Vi el reloj y pasaban de las seis de la tarde.

Una vez que le abrí y la salude, me dijo de inmediato, amablemente:

- Si gustas, Julio, puedes venir más tarde a mi casa a cenar; estoy preparando espagueti, me dijo.

- Con mucho gusto, le contesté cuando aún se escuchaban en el ambiente disparos aislados y ruido de helicópteros artillados y de aviones del tipo A-37 de las fuerzas de ocupación, que en ese tiempo hacían constantes sobrevuelos por la ciudad.

De antemano, mi intención era meterme a la cama temprano y dormir porque a la mañana siguiente, del lunes 25 (sí, el día de la Navidad) , debía trasladarme a la Nunciatura... bueno, a sus alrededores para recoger novedades sobre la situación de un importante personaje que de manera sorpresiva se había refugiado esa tarde de domingo en esa representación diplomática del Vaticano.

Por lo pronto, la propuesta de la señora Ligia, de verdad, me había sorprendido porque después de tres meses de habitar ese apartamento era la primera vez que me invitaba a pasar a su casa. Pensé que tal vez lo hizo de compasión por vivir yo solo, o quizá porque, supuse también, ella sabía que esa noche estaría igualmente sola, pues sus dos hijas y su hijo, casados los tres, pasarían la tradicional celebración con sus respectivas familias políticas. Y digo sola, porque no obstante que atendía a su marido enfermo, éste estaba postrado en una cama.

El ofrecimiento de la gentil quincuagenaria lo recibí cuando al caer la tarde, me aprestaba a introducir la llave en la cerradura para abrir la puerta blanca de madera, de acceso al departamento.

Presentí de inmediato que me estaba esperando, ya que habrían pasado apenas dos minutos desde que cerré con fuerza el portón de la reja metálica que da a la calle y luego subir las escaleras con barandal de aluminio para llegar a la entrada del departamento, cuando oí que alguien abría el pequeño cerrojo de la vivienda ubicada frente a la mía, en la misma planta alta de la casa, con cuatro apartamentos.

El que me rentaba a mi la señora Ligia, amueblado, lo ocupaba yo desde septiembre anterior; se localizaba en El Cangrejo, un agradable barrio del corregimiento de Bella Vista, cercano al centro financiero, de altos edificios.

A una calle de ahí quedaba la Vía España, que es la ruta para llegar al Casco Viejo de la ciudad, donde está el palacio presidencial Las Garzas, en un trayecto de casi cinco kilómetros en 12 minutos en taxi, servicio por el que pagaba un dólar por el viaje de ida y otro dólar por el de regreso. Ese viaje lo hacía una, dos o hasta tres veces al día, cuando era necesario.

Muchos de mis recorridos los hacía a pie, pues las distancias de mis puntos de interés no excedían los dos kilómetros, salvo al Hotel Sheraton o al Centro de Convenciones Atlapa, que me quedaban a cuatro kilómetros al oriente, por estar ambos en la misma zona, uno enfrente del otro, en el oriente de la ciudad. Más lejos, a 35 minutos en automóvil, el aeropuerto internacional de Tocumen, a 21 kilómetros.

A la vuelta de la casa estaba el Hotel Granada y también, cerca, el Hotel El Panamá, regulares locales de eventos de interés periodístico como ruedas de prensa; y la Universidad de Panamá. A menos de un kilómetro, en el edificio Bank of América, también estaba la embajada mexicana, en Obarrio, que hace límite con el corregimiento de San Francisco, donde está Punta Paitilla.

Había tres restaurantes a los que acudía regularmente: Manolo, Niko's y El Trapiche.

- - - - -

Era la quinta jornada de la llamada operación "Causa Justa", en la que más de 26 mil efectivos de Estados Unidos habían llegado para capturar al general Manuel Antonio Noriega, quien era el comandante de las Fuerzas de Defensa de Panamá.

Con cierta emoción, me preparé para atender la invitación de doña Ligia y, cuando estuve listo, esperé a que la amable señora me recibiera en la entrada de su vivienda.

Sin esperar explicación, le expuse lo que noté en ese momento: el toque de queda impuesto bajo la ocupación impidió que sus tres hijos (dos mujeres  y un varón, todos casados) pudieran llegar.

- Esta noche solo cenaremos usted y yo, le expuse sin ocultar mi tristeza y nostalgia, del tipo “jamaicón”, otrora ídolo del campeonísimo Chivas de Guadalajara.

- Así es, Julio, me contestó la señora, también en tono melancólico, sabiendo de esas ausencias y de su esposo enfermo, postrado en cama.

Doña Ligia, propietaria de un bello automóvil BMW, verde olivo, se dirigió a su cocina mientras que a mi me dejó esperando, sentado en un amplio sillón de la sala, acompañado de un vaso con vino que minutos antes me había ofrecido. El ambiente era cálido y caluroso.

Eran las nueve de la noche cuando doña Ligia me pidió pasar al comedor. Sobre la mesa, con un mantel de encaje blanco debajo de la cubierta de vidrio, estaban dispuestos platos, cubiertos y copas. Había un frutero con uvas, peras, manzanas, duraznos; también una pequeña charola con frutos secos. Ella misma, preparó una ensalada de manzana y el espagueti.

Recuerdo esta anécdota porque esos días hubo escasez de productos, por los saqueos generados de las primeras jornadas de la ocupación.

El caos había sido total. Las tropas invasoras estaban centradas en eliminar todo foco de resistencia tanto militar (de las compañías élite Macho de Monte, Tigres de Tinajita y Pumas de Tocumen) como la civil, de los "Batallones de la Dignidad", más que en resguardar el orden público.

Los saqueos los sufrieron comercios de todo tipo, desde pequeños negocios hasta grandes almacenes, fábricas de alimentos, ropa, calzado y otros.

Por las condiciones en las que se preparó y más allá de su exquisito sabor, fue una cena de Nochebuena excepcional. No hubo sobremesa, la anfitriona acudió a atender a su marido enfermo; y yo, como periodista, a seguir cubriendo los acontecimientos de la invasión.

Justo el día de Nochebuena, luego de estar escondido varios días, escurriéndose de los soldados norteamericanos que lo buscaban para cumplir la Operación Causa Justa, el general Manuel Antonio Noriega se refugió en la Nunciatura Apostólica (embajada) del Vaticano en Panamá.

Esa noche comenzó una fuerte presión psicológica de desgaste al entonces "hombre fuerte" de Panamá. El mando militar estadounidense había ordenado tocar música de rock, reproducida con elevado volumen en grandes bocinas colocadas afuera de la nunciatura apostólica. El ruido era tal que enfureció no solo a los vecinos sino al propio nuncio apostólico, el español Sebastián Laboa, frecuente mediador entre militares y civilista panameños, y cuyas quejas hicieron levantar el castigo del ruido dos días después.

Representantes de la prensa nacional y extranjera se "tomaron" el hotel Holiday Inn, ubicado frente a la representación diplomática. Esos días hacía guardia, en las inmediaciones, junto con decenas de periodistas.

Noriega se rindió y se entregó, finalmente, a las fuerzas estadounidenses el 3 de enero de 1990; fue llevado directamente a Florida, donde fue juzgado.

viernes, 20 de diciembre de 2019

Stop! ¡Stop! ¡Stop!

Por Julio Olvera
Era la mañana del miércoles 20 de diciembre de 1989.
Alrededores de la Ciudad de Panamá, por la zona del Canal Interoceánico
Justo después de pasar una curva, en ese sector de abundante vegetación, apareció la figura de un soldado, con la cara pintada y vestido con uniforme de batalla, camuflado, con casco cubierto de hojas y ramas.
Empuñaba, con ambas manos, bien estiradas, una pistola calibre .45, apuntada directamente al conductor de nuestro auto. Mantenía una postura rígida, con su pierna derecha atrás y la izquierda al frente. Estaba parado sobre la línea que dividía los dos carriles de la carretera.
Detrás de él, a unos 20 metros, un vehículo militar todo-terreno bloqueaba también el camino. Sobresalía de esa unidad una ametralladora montada sobre una plataforma rotativa y manipulada por otro soldado, que sólo dejaba ver la parte superior de su cuerpo.
Otro par de efectivos, de pie y con fusiles de asalto M16, se ubicaban junto al camión multipropósitos. Uno más, pecho tierra, a un lado del camino, manejaba una ametralladora con trípode. Varios soldados más vigilaban el otro sentido del camino. La escena, ahí, se repetía.
Los soldados que estaban a la vista –pertrechados adecuadamente– en ningún momento dejaban de apuntar su intimidatorio armamento contra aquel que llegaba hasta ese retén. Noté que un número indeterminado de soldados vigilaba, oculto, entre la maleza.
Por fortuna, poco antes de las 11 de la mañana de ese miércoles, 20 de diciembre, precisamente, Eloy conducía con precaución y la velocidad moderada con la que viajábamos en el compacto Sunny Blanco le permitió también percibir aquellos gritos del soldado y detener a tiempo la marcha del auto. Había que ser prudentes.
A escasos 10 metros y con la misma postura guerrera, el "rambo americano" nos ordenó, a gritos (también en inglés, por supuesto), abandonar el auto, uno a uno, con las manos en la nuca.
Un intenso escalofrío recorrió mi humanidad. Supuse que lo mismo sintieron Lisette, James y Eloy. –¿Y ahora qué? –susurré a mis compañeros, engurruñando el rostro.
–¡Ya nos cargó la chingada!, me contesté. Sentí que la piel se me enchinaba mientras mi corazón latía acelerado.
Eloy fue el primero en abandonar la unidad. Impávido, avanzó siete pasos. Aprovechó esa corta distancia recorrida para explicarle al soldado –en inglés, naturalmente– que los cuatro ocupantes del auto eramos periodistas y que él, en particular, tenía nacionalidad estadounidense.
Lisette, por el lado contrario del conductor, James y yo, por nuestra respectiva puerta trasera, uno a uno, en ese orden, bajamos del auto y nos formaron junto a Eloy, que nos esperaba, de pie, a un paso de la orilla de la carretera.
El marine nos exigió ahora que nos hincáramos, sin bajar en ningún momento las manos. Cada uno nos acomodamos como pudimos, en esa posición. Una pequeña piedra en el asfalto me lastimó, y tuve que reprimir el dolor cuando posé mi rodilla sobre una de ellas. Sólo engurruñé el rostro y emití un imperceptible quejido.
Los retenidos volteábamos a vernos, unos a otros, en silencio y discreción. Evitábamos hacer cualquier movimiento brusco que diera pretexto a nuestros captores para disparar. Esa era la orden. De esa forma cayeron muchos panameños en su desesperación por escapar de esa telaraña de terror, en la que nosotros, como moscas en vuelo, quedamos atrapados.
Uno de los soldados que se ubicaba junto al Hummer (el vehículo multipropósito) avanzó en nuestra dirección, aún hincados. Caminaba con una pistola al cinto, un fusil M16 colgado al hombro izquierdo y una tabla con papeles en la mano derecha. Al pararse frente a nosotros, preguntó directamente a Eloy nombre y apellidos. Yo supuse que se dirigieron a Eloy por ser el de mayor de edad (más de 50). Inmediatamente después, el soldado revisó una lista de varias hojas. Tomó su tiempo, sin prisa.
Luego de unos minutos, el soldado pidió a uno de sus compañeros de armas que ordenara levantarse a Eloy, quien cumplió la orden incluso antes de que terminara de dictarla. Lo separaron de nuestro pequeño grupo y lo llevaron a otro punto del retén.
A James, a Lisette (ambos panameños) y a mi (mexicano), tras haber estado entre 10 y 15 minutos en posición de hincados, nos fue pedido que nos retiráramos del lugar y regresáramos por donde habíamos venido. Estábamos confundidos. No sabíamos qué hacer.
Segundos antes de perderlo de vista, Eloy nos dijo –tal vez para calmarnos– que era un malentendido. –Todo se aclarará. Había un homónimo con su nombre en esa lista, como nos platicó Eloy dos días más tarde.
Cientos de retenes dispuestos en diversos puntos de Panamá permitieron que la fuerza invasora capturara “vivos o muertos” a gran cantidad de colaboradores del régimen norieguista, sobre todo miembros de los Batallones de la Dignidad.